
El cigarrillo parece diminuto de la matanza. Lo tiene entre sus garfios de uñas grandes y lo manipula suavemente, como king kong a la rubia. Antes de embucharlo lo suspende en el aire y sin dejar de hablar, con la otra zarpa enorme enciende cerquita el encendedor, como si gozara poniendo su presa al fuego "víctimas, adoro las víctimas". Recién ahí hunde el pucho en el bigotón teñido de nicotina. Debería fumarlo sólo hasta la mitad para no chamuzcar ese frondoso homenaje a Nietzsche (de la época en que estaba más loco). Ese mostacho monstruosamente enorme que le tapa la boca entera, que vela su interior y simboliza, acaso sin quererlo, la distancia que guarda respecto al mundo.
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